Análisis de coyuntura: Un fantasma recorre Chile y no es el del comunismo

A dos años de haberse iniciado el gobierno de Gabriel Boric, los medios comienzan a hacer sus balances sobre las expectativas no cumplidas por la izquierda. Mientras, la ultraderecha y Chile Vamos se mantienen a la ofensiva y en permanente acumulación de fuerzas.

A la mitad del mandato de Gabriel Boric, la agenda de los medios corporativos -que suele transitar por hitos temporalmente repetitivos cuando los clichés mantienen su máxima exuberancia- comienzan los balances sobre el cumplimiento de las expectativas gubernamentales.

El ejercicio periodístico corporativo de mitad de mandato se ha centrado en demostrar el bajo cumplimiento del programa de Boric, en una contradicción evidente, ya que los propios partidos políticos de oposición, que son el soporte del aparato mediático/corporativo, han sido los principales sostenedores de una estrategia basada en negar al gobierno la posibilidad de aprobación de sus proyectos legislativos (reformas impositiva o previsional, por ejemplo).

La permanente actitud obstruccionista de la oposición utiliza la argumentación de que las propuestas del Ejecutivo son “perjudiciales para el país”, pero –mediáticamente- lo que se busca resaltar es la incapacidad del gobierno: “Al menos en cuanto a promesas legislativas contenidas en su programa, la realidad dice que a esta misma altura de sus mandatos, el del exdiputado está más atrasado que sus antecesores: Piñera II mostraba 34% y Bachelet II 39% tras dos años de gobierno, mientras que el de Boric muestra un 31% hasta el viernes 8 de marzo de 2024” (La Tercera.com 11/03).

El gobierno de Boric se presentó a sí mismo como una fuerza transformadora, que venía a cambiar las políticas públicas, que, por ejecución u omisión, originan una sensación crítica generalizada en el pueblo contra el sistema democrático y el modelo neoliberal: “no son 30 pesos sino 30 años”.

La propia vara con la que el gobierno intentó definirse, rápidamente se demostró como un problema, al no existir voluntad política real por llevar adelante las transformaciones prometidas, lo que implicaba estar dispuesto a un enfrentamiento comunicacional directo y constante, no solamente con la oposición, sino que con los medios corporativos y el poder económico.

La estrategia elegida por Gabriel Boric fue la opuesta al enfrentamiento comunicacional, buscó aceptar las imposiciones de la oposición bajo el slogan: “negociar hasta que duela”. Desde el punto de vista pragmático, esta postura podría ser correcta en épocas anteriores donde era viable consensuar que la depredación neoliberal era el camino correcto para salir de las fauces del subdesarrollo. Pero a más de 30 años del modelo político económico bajo la fórmula democracia/neoliberalismo, estos consensos no son ya posibles, a no ser bajo la renuncia completa a las promesas de transformación.

Esta renuncia ha ido ocurriendo en slow motion (cámara lenta) a través de los dos años del gobierno de Boric. Desde el comienzo de su periodo, cuando se defendía el programa de gobierno votado democráticamente por la ciudadanía, pasando por el pragmatismo de la negociación, hasta llegar a la actitud presidencial en el sepelio del expresidente Sebastián Piñera: “las querellas y recriminaciones fueron más allá de lo justo y razonable, hemos aprendido de ello y todos debiéramos hacerlo (…) nunca se dejó llevar por el fanatismo y el rencor. Todos los que estamos en política debiéramos tomar nota de estas virtudes” (Gabriel Boric en El Líbero 09/02).

Más allá de estar de acuerdo con el presidente respecto a su opinión sobre el exmandatario, los efectos políticos de la actitud presidencial frente a la oposición, crean una contradicción que afecta a los partidos socios de su coalición, que se ven constantemente obligados a apaciguar a sus bases frente a situaciones difíciles de explicar.

Las contradicciones se interpretan como una debilidad comunicacional del liderazgo de Boric, logrando el efecto contrario a lo por él buscado: polariza a la opinión, entregando herramientas a los sectores más reaccionarios del país para ganar espacios; mientras, la propia prensa corporativa y los actores políticos no se guardan adjetivos para denigrar al presidente y su gobierno.

Si se hace el ejercicio de consultar los blogs de opinión de los medios corporativos, se encontrará una enorme cantidad de mensajes dirigidos a Boric y su gobierno con las más bizarras acusaciones, cayendo en un rampante fascismo. Al presidente se le culpa de todo: desde los incendios en Valparaíso hasta el secuestro y asesinato de Ronald Ojeda.

Lamentablemente, el ambiente político es comparable al carcelario, donde si te muestras en exceso conciliador o apocado, te tendrán por débil, y serás el blanco de las más grotescas acciones.

Por otra parte, las contradicciones comunicacionales del gobierno tienen un efecto -además de sobre las bases partidarias- sobre las élites políticas. Ante las manifestaciones de debilidad, el Partido Socialista no pierde ocasión de intentar imponer sus candidatos en las próximas elecciones locales, desconociendo lo pactado, deseando cuotas de poder mayor en un gobierno al que entró por la ventana. Por otra parte, la falta de unidad del oficialismo sería un aliciente para la derecha y la ultraderecha para alcanzar su propia unidad y lograr triunfar en comunas populares.

El fantasma que recorre Chile no es el del comunismo -como rezaba el Manifiesto escrito por Marx y Engels-, sino que la amenaza proviene de los propios errores del oficialismo que alimentan las pretensiones hegemónicas de la ultraderecha, envalentonada por la renuncia al espíritu de rebeldía del octubrismo, asumido propagandísticamente como un acto de mera delincuencia, tal como exigían las huestes conservadoras.

Sin embargo, no todo está perdido, el presidente y su gobierno, por momentos demuestran tener la fuerza para enfrentar situaciones complejas donde se requiere de agallas y voluntad. De esta forma, el presidente Boric instruyó que las empresas israelíes fueran vetadas de la FIDAE: “Eso lo pueden ver ustedes diariamente con las imágenes terribles que nos llegan desde Gaza con niños, mujeres asesinadas a mansalva, con gente que está al borde de la muerte de hambre, con una destrucción que conversábamos con Pedro (Sánchez), tardará cerca de 30 años en recuperarse” (Gabriel Boric en El Mostrador 08/03).

El oficialismo haría bien en revisitar el pensamiento del gran corso, Napoleón Bonaparte, quien con sus leyes y códigos estableció las bases de lo que sería el sistema democrático liberal, quien nos dejó una lección imperecedera: “Las circunstancias no deben gobernar a la política, sino la política a las circunstancias (…) Verse arrastrado por cada acontecimiento es no tener ningún sistema político” (Memorias).

Centro de Estudios de Medios